Twitteando una clase

Como bien dice Juan José de Haro en su artículo Microblogging para la Educación, las experiencias de este tipo son pocas y no hay demasiadas referencias, salvo el excelente wiki en que han ido registrándose algunas, lo que nos permite conocer, comparar y compartir experiencias.

En mi caso, he estado trabajando con estudiantes de 5° Básico algunos temas de Seguridad Escolar que me sirven para las clases de Lenguaje y Comunicación, en cuanto a la lectura, análisis y creación de textos y a la de Orientación, en lo relativo a los hábitos de comportamiento seguro en las distintas actividades y juegos escolares. Aun cuando la planificación constaba ya con dos producciones de los alumnos sobre el tema (un afiche y un minivídeo), quise agregar otra experiencia y la plataforma elegida fue Twitter, que he venido usando en lo personal en el último mes y como plataforma de información institucional desde hace menos de diez días.

Por lo tanto, para aliviar (según yo) las dos últimas horas de clases de la semana, la tarde del viernes 14 entre las 14.10 y las 15.40 horas, puse a mis estudiantes en el Laboratorio de Computación, entregando a cada uno de los niños que habían hecho cuenta previamente en Twitter, el comando de algunos de los PC allí instalados. Los otros niños, los que habían olvidado hacer la cuenta o los que no pudieron abrirla por diversas razones, se distribuyeron libremente conformando grupo con los que sí tenían cuenta. Al cabo de unos minutos algo confusos, logré que se generaran unos quince grupos conformados por dos a tres estudiantes, en un curso de 40 niños.

Luego de algunos mensajes de prueba, y de confirmar que todos los grupos tenían indexada en su following la cuenta del Colegio, pedí silencio y dije en voz alta: “va el primer mensaje”. Inicié, entonces, el twitteo oficial escribiendo formalmente: ¡Buenas tardes, alumnos! Inmediatamente empecé a recibir, respuestas del tipo: ¡Buenas tardes profesor! o bien, Hola, profe, los más informales.
Debo confesar que, habituado a escuchar esa respuesta, con los alumnos de pie, esperando mi orden de “tomen asiento y cállense”, esta contundente respuesta muda y digital me previno de que lo que venía era una experiencia única que debía ser disfrutada.

Rompí yo el silencio al intervenir señalando a mis pequeños estudiantes (de entre 10 y 12 años) que esta clase era muy especial, porque estaba siendo seguida por gente muy importante (sabía yo que antes o después o, tal vez en línea, podían estar algunos de los adultos que se habían manifestado interesados en esta experiencia cuando mencioné en Twitter que la llevaría a cabo). Exigí, por lo tanto, sumo respeto por lo que íbamos a hacer y les pedí que disfrutaran el momento con libertad creativa.
Acto seguido, dije: “¡Va el segundo mensaje!”

Empecé, entonces, por preguntar qué les parecía Twitter, si lo encontraban “fome”, por no tener juegos ni imágenes. Les pedí, luego, que recordaran otras herramientas informáticas usadas y el conjunto de alumnos logró recordarlas todas.

En uno de los mensajes me aseguré de que mis estudiantes manifestaran quiénes conformaban el grupo, para registrar oficialmente a los alumnos sin cuenta que conformaban grupo de trabajo con los, por esta vez, llamados “titulares”.

Pronto me fijé que habían descubierto que podían enviarse mensajes entre ellos sin pasar por la cuenta del Colegio, y los dejé hacer libremente, sabiendo que en cualquier minuto alguien diría algo, para acusar a quienes lo hacían o para quejarse sobre algún mensaje recibido. Ya me había pasado eso cinco años antes, cuando hice mi primera clase con blogs.

Luego de unas diez preguntas de ese tipo, ingresé a la segunda parte de la clase, que consistía en poner atención al proyector con las imágenes previamente dispuestas sobre el tema del trabajo.
Escribí, entonces, “jóvenes, pongan atención a las imágenes, sé que ya las conocen”

Acto seguido mostré por tercera vez las elocuentes imágenes de actos inseguros provistas por la Asociación Chilena de Seguridad en un curso que sobre el tema había tomado meses antes.

Luego de proyectar la veintena de imágenes de actos inseguros en el Colegio, que había seleccionado previamente, dije en voz alta: “¡Va un nuevo mensaje!”.

Y escribí: “Elijan una imagen y creen con ella un microcuento de 280 letras”, luego les aclaré, en otro mensaje, que eso significaban dos “twitteos” y que no podían excederse.

Ya llevábamos como una hora cronológica de clases y empecé a recibir los microcuentos. Tuve que aclarar que quería cuentos y no explicaciones de las láminas, cuando un par de grupos me enviaron esto último en vez de aquéllo.

Al poco, ya todos estaban haciendo cuentos. Diez minutos después, me enfrenté a dos cosas que ya esperaba. La mayoría de los grupos empezó a conversar y moverse mucho, ya habían terminado y pretendían entretenerse en otros sitios, mientras yo daba otra instrucción o cerraba la clase.

Una alumna se quejó al enterarse que dos varones estaban hablando de ella, en sus respectivos canales. Confirmé la situación, pero solo un pequeño estudiante había mandado un mensaje a otro, que éste último no contestó.

Debido a lo previamente señalado, tuve que separar al estudiante del PC y enviarlo al Coordinador de Educación Básica. No me gustó hacerlo, era como “ensuciar una clase perfecta”, pero las reglas estaban claras de antes y no hacerlo podría haber significado el desbande de la clase. De hecho, por temas menores, tuve que llamar la atención a dos estudiantes más.

Era necesario implementar la cuarta parte de la clase, planificada por si las actividades anteriores quedaban cortas: Dije en voz alta,”Va otro mensaje!”.

Escribí entonces: “los que ya terminaron elijan un cuento de otro grupo”, luego agregué: “Coméntenlo, digan si les gustó o no”.

Diez minutos después, ya habían terminado todos y faltando tan poco para el toque de timbre, pasé a la etapa final: “Escriban qué les pareció esta clase”

Los más rápidos, pudieron disfrutar de unos siete minutos de absoluta libertad en la red. Los más lentos, me dejaron unos cinco minutos en la sala después del timbre esperando que terminaran.
Un minuto antes del toque de timbre de salida, escribí: ¡Buenas tardes, alumnos, fin de la clase, gracias! y luego: ¡Disfruten su fin de semana!

Todos estaban muy contentos y aseguraron que la clase les gustó.

Recién ahí pude darme cuenta de un singular cansancio que me embargaba y el relajo fue difícil, saludé entonces al asistente de computación, don Rodrigo Silva, quien me acompañó y ayudó en todo momento ocupándose de importantes detalles como las pantallas que no encendían o los mouses que no funcionaban, casi siempre por errores o impulsividad de mis jóvenes alumnos. Nada grave.

La clase, en mi opinión, fue un éxito y trataré de mostrarla completa en un artículo próximo, cuanda ya haya leído nuevamente los microcuentos, cuando verifique que todos los estudiantes, hayan participado formalmente de algún grupo y cuando logre ensamblar en la historia de esta clase, algunos mensajes que, equivocadamente, mis alumnos enviaron a mi twitter personal y no al del Colegio, que era lo solicitado.
Como sea, mi reflexión primera es que es posible aprovechar esta herramienta de microblogging que permite ejercitar la síntesis, el uso de vocabulario (para calzar con las 140 letras, debieron usar, más de una vez, sinónimos más breves o cambiar los nexos oracionales) y la comunicación efectiva y sincrónica. Sé también que esta es una herramienta que puede usarse algunas veces, pero sería un despropósito pensar en usarla siempre, pues resultaría francamente inútil.

Otra cosa de la que me entero, es que esta haya sido, probablemente, la primera clase twitteada de Chile y, de seguro, la primera en el país con niños tan pequeños.

Por el momento, estoy satisfecho. Gracias a todos quienes manifestaron interés en esta experiencia.

Prof. Benedicto González Vargas

Fuente: http://pedablogia.wordpress.com/2009/08/16/twitteando-una-clase/

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